Fantasía hecha de sonidos, colores, aromas y sabores Para un Paisaje Sonoro

“Alegría, tristeza, lágrimas, lamentos, risas, a todo esto la música da voz, pero de tal manera que somos transportados del mundo de la inquietud a un mundo de la paz, y vemos la realidad como si estuviéramos sentados junto a un lago en la montaña y contemplando colinas y bosques y nubes en el agua tranquila e insondable”

                                                            Albert Schweitzer

Bajaré de los cerros profundos cantando por un río de estrellas, me bañaré en bandadas de pájaros despierto, entonces seré pueblos y suelos florecidos. El amor provisto para muchos, para todos, en sones de dos por cuatro, en humanidad entera me iré en pos de un territorio de ochocientos setenta y dos kilómetros cuadrados El Retiro, El Carmen de Viboral, La Ceja del Tambo un solo mapa de maderas, de arcilla, de jardines,  engendrando en conjunción de música un cielo claro, zumbador y alado más allá de sus linderos naturales, de todas las señales particulares, más algo muy cálido adentro mío se confundirá al viento grana y oro de las cosechas y se quedará árbol, paisaje continuo de alta, bendecida, erguida tierra. 

Celebraré los cantos del pan dorado en las cocinas, el amor del fuego que cruje en los hornos para la arcilla transformada en copa, plato o cena,la madera que soporta los sueños y  esperanzas el umbral acogedor de la casa la efusión del verde retintín de las sementeras, la prodigalidad del arco iris y brevas en almíbar sobre las mesas, las dulces melodías para animar las mulas y las vacadas en caminos, establos y pesebreras que luego por el humano trajín y su milagro serán repostería, manjares, cálidas bienvenidas dulces sabores y saberes, golosinas sonrientes, niñas dulces reverberación del paisaje traducido en celebraciones, recetas de abuela, sabores en el alma celebraré el canto, sus fiestas, sus adioses. 

La guitarra de bodas, la raíz enamorada prendida del crepúsculo multicolor allá en el valle, en la sierra, en el cañón, en el río que nos une en su abrazo serpenteante con aliento a café, a caña dulzona, a panela, a miel ámbar en el fondo de las pailas del milagro del barro, de la madera generosa de la abundancia infinita del color de las flores que rivalizan en luz con las estrellas en el verde cerro que se puebla del prodigio del cielo multiplicado del Carmen de Viboral, El Retiro, La Ceja del Tambo almas paralelas de arcilla subterránea, de bosques feraces, de savia vertical, de extensos campos de leche tibia que tintinean en las cantinas de las parrillas de las bicicletas paleteras que después nos hablarán de otras fiestas de otros titanes escribiendo sus gestas con pedales. 

El cuerpo cansado, las manos grandes de dedos densos, necesarios para la abundancia del surco y de la siembra, del oro transformador y colectivo de las cosechas, se hacen livianos para el sobrevuelo de la escala de negras y de blancas del órgano tubular del templo parroquial, de la iglesia doctrinera, para ir armando la historia musical de estas tierras sin par  en la más vasta geografía antioqueña.

Y  la música era la libertad que nos tomaba de las manos en el atardecer de las palomas y los fines de semana la música era lo que la libertad nos ponía entre las manos y era ella, siempre ella y otra vez la música, la que ponía en su sitio el horizonte amplio y despejado y nos hacía comunidad, nos ponía de presente lo que otros también padecían y gozaban, los mismos anhelos de ponerle alas y darle vuelo al fraternal encuentro, al colegaje recién tejido, y plantarle armonías  a lo que ya decía el viento de las tardes, a lo que susurraba el concierto de la vida en el claro cielo estival y en el gris del invierno, y allí, encaramados sobre el mundo veíamos nuestro territorio expandido en alegría, sones y fiesta, en el carnaval del pan, la mesa y el café compartidos: un paisaje sonoro, las líneas musicales que interpretan los caminos del alma, la sinfonía tutelar de los cerros, el camino a la sierra alta, partitura que se dibuja en el horizonte, tallada en medio del verde trajín de la montaña, del sendero que se ahonda en la cañada, cerros y honduras, vigías tutelares del valle de los tahamíes, caminos campesinos de robledales, alta estructura del verdín oscuro de la selva bebiendo el agua directamente de la nube, cascadas y saltos que se sumergen en el fluyente espejo del infinito, eucaliptos, pinos y sombras recortadas en el camino, que cantan, gimen y cimbrean sus verticales arquitecturas al paso de las recuas de las mulas, bueyes y caballos, haciendo eco al silbo musical de los arrieros, caminos de silabarios secretos, de sagrados silencios.

El mundo está lleno de sonidos, de música, de silencios profundos, como en un bosque inaugural del mundo, pero también está lleno de aromas, de sabores, de saberes, de caminos al encuentro de los otros, en el que yo también soy los demás y lo demás, de tal manera que habría que hacerle la música incidental, descriptiva, de un buen trozo de quesito o cuajada montañera hecho de leche holstein de La Ceja del Tambo, derritiéndose sobre una coqueta y humeante arepa de chócolo del maíz celebrado en el oriente y de toda la callana hecha de la arcilla primordial del Carmen de Viboral o sobre una tabla de los bosques del Retiro, vuelta recipiente fundamental para el encuentro de los seres humanos.

 

Y ahora en la calle, en las plazas, en el espacio público, la música haciéndose piel, cadencia, ropa, estilo de vida, puesta en escena, sainete, teatro, obteniendo rostro, cuerpo, identidad, y los medios, los mensajes, la voluta fina de la palabra, transmitiendo, reproduciendo el mensaje, ganando adeptos, sumando causas, vínculos, expresiones, arte, espectáculo, compromisos, estéticas, narrativas, comunidades, que llevan el mundo palpitando en la guitarra, colgando de la bandola y el tiple, con los cantos y la música coral tatuados en los pasajes del alma, y el saxo, la trompeta, el clarinete, las flautas nos encumbran al cielo más estrellado, la madera, entonces, nos dice su voz más queda y contagiosa, el carrizo en la cordillera aprisiona los caminos del viento, el asombro de la arcilla se estremece en las ocarinas, la noche se tensa en la piel de los tambores, y es blues, canto de luz en el reino de las luciérnagas y los cocuyos, las montañas se asoman, se acercan y se bañan en sus resplandores y ya son rock, salsa, merengue, merecumbé, son montuno, pasillos, guabinas, trova campesina y vallenato, cumbia, porro, fandango,  fiesta decembrina, papayera, banda parroquial y veredal, retreta dominical, serenata para el suspiro de las madres y las abuelas, polleras al aire, pañuelo rabuegallo al cuello, manos y ademanes invitadores y zapatos rojos para un bolero y dos árboles estremecidos que se juntan para bailar un tango, y música popular y guasca, para los decires y sentires del pueblo, sus audacias y noblezas, sus negaciones y amoríos, y nostalgia y adioses, y noticias y recados, hechos música, encuentros y abrazos. 

Palabras, versos que se hicieron a la mar y nos llegaron de Castilla, incursiones de España en nuestra tierra, melancolías que bajaron de las encumbradas cimas y subieron de las recónditas selvas y remotos cañones trenzados en silencios indígenas, y desde los amplios ríos y riberas oceánicas, la pasión, el ritmo y la sensualidad que engendra el cuerpo en comunión con los sentidos, regalos de la lejana madre venida del África luminosa: la música y el territorio, la doble vía, madres, padres, criaturas, engendradores y nuevas vidas, uno, tres en la piel del otro: un paisaje sonoro, que exalta el pasado, visibiliza el presente y nos permite planear y proyectar el porvenir, desde los múltiples sentidos y vías que nos aportan su riqueza, la suma que resulta de reunir los haceres, saberes, sabores, aromas, elaboraciones, afectos y alegrías de los más de 135.000 habitantes de este territorio, de esta tierra mágica y feraz, de la feliz perla pura, de la perla azulina, tierras de oro y paz, tierra grata: sol de los libres.

 Un Paisaje Sonoro, es la intención más humana, y a la vez, la más encumbrada, de nombrar estos cielos, estos valles y verdes de selva y profundidad de cañones ensimismados, de reconocernos y reinventarnos, para brindar al poblador y al visitante, un recorrido por sus calles, caminos, plazas y veredas, cálido inventario siempre en cosecha de nuestras riquezas naturales, de la gastronomía y de las músicas, que interpretan esos verdes, esos azules, esos aromas, esas memorias, que construyeron nuestro pasado y establecen un firme camino hacia el porvenir, en un territorio y una realidad construida entre todos.

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